Rescatando del olvido: “El General” Rovira Urioste

Manuel Rovira Urioste

Un día como el de hoy pero hace casi 150 años, en San Gregorio del Polanco (Departamento de Tacuarembó, Uruguay), nacía don Manuel Rovira Urioste. Dirigente de Nacional en sus primeros años y figura fundamental durante el cisma de 1911 que casi provoca la desaparición del club, tuvo un primogénito llamado como él Manuel Rovira, quien a su vez tuvo otros cinco varones. El más chico de ellos, Eduardo, tuvo otros cinco hijos, y al más chico lo llamó Manuel como su padre y su abuelo, y es quien escribe este pequeño artículo.

El orgullo de llevar sangre tricolor en las venas y la injusticia del olvido en que quedó el nombre de mi bisabuelo me hacen superar la vergüenza de utilizar este espacio para hablar de un familiar directo: siempre es más fácil hablar de ídolos y figuras a las que uno ve desde afuera, con las que no tiene relación más que la de la admiración por sus logros dentro o fuera de la cancha. Por eso esta breve aclaración sobre el hombre de los bigotes extravagantes que ilustra esta página.

El hombre nacido el 21 de marzo de 1868, a decir de José María Delgado, fue primero su adversario y luego su aliado en el renacer del club en 1911 y fuera “el jefe del movimiento renovador” de “el triunfo de las ideas democráticas” de nuestra institución, y como tal, “verdadero prócer nacionalófilo”. Recordemos la situación: por aquellos años, el fútbol criollo se redefinía, y en el seno mismo del club se enfrentaron quienes querían un Nacional reservado para las clases universitarias con quienes sostenían que el único camino era la total democratización del club, reafirmándolo como institución popular y abierta a todos los orientales e inmigrantes que sintieran la pasión por sus colores, sin discriminar por origen, apellido o condición social de sus jugadores. Esto, que hoy parece evidente y lógico para todos nosotros, no lo era en los albores del siglo XX, y de hecho muchos optaron por la senda del “club para pocos”, lo que a la larga llevó a su desaparición como en los casos de Deutscher, Dublín, Albion, Uruguay Atletic o el C.U.R.C.C.

Tras numerosos debates y gestiones de quien fuera presidente del club por muchos años, José María Delgado, y su socio de bajo perfil a quien él mismo llamaba “El General”, lograron encauzar a la mayoría del pueblo tricolor hacia la decisión gracias a la cual Nacional es lo que hoy conocemos: el club más popular del Uruguay.

La historia de Rovira Urioste curiosamente toca a la Filial en Argentina muy de cerca, ya que en 1914 viaja a Buenos Aires para convertirse en delegado del Club del otro lado del río, donde participó activamente como en una de las anécdotas que recoge el propio José María Delgado en el texto de líneas abajo. En 1918 se regresa a Montevideo por motivos personales, y fallece muy poco tiempo después, el 29 de enero de 1919 siendo socio honorario del Club. Al final de esta nota compartimos también su carnet de acceso al Gran Parque Central, recuerdo familiar en posesión de mi padre -Eduardo Rovira- quien además es autor de la mayor parte de las estadísticas y datos recopilados que solemos compartir.

El “General” Manuel Rovira Urioste y su época – José María Delgado

El “Café de Londres” en 18 de Julio casi Arenal Grande es un enjambre. Difícil resulta abrirse paso entre la gente que lo abarrota; difícil también hacerse oír entre su híbrido rumoreo de caracola marina, roto de cuando en cuando por el golpe seco de las bolas de marfil, o por las agudas lanzas sonoras de los trucos y retrucos fanfarrones. Y aun, más difícil respirar en su cajón de humo apestante a nicotina y amarillento, salvo en las mesas de billar donde las lámparas, reflejando el color de las pantallas que las envuelven como caperuzas, proyectan chorros de luz verde. Es sábado y estamos en Julio.

Resalta la heterogeneidad de la muchedumbre, mucho mayor de la que se acostumbra ver en los cafés. Viejos, jóvenes, adolescentes, blancos, negros, mulatos, achinados, petimetres y bohemios, jefes y cadetes, diputados y canillitas, trabajadores y mangorreros; todos, sin embargo, enhebrados por un mismo hilo: el de la pasión nacionalófila. Dentro de la gran cofradía constituyen “El Soviet”, secta de rompe y raja, machaza si las hay, cuyo lema es: “nada de remilgos, derecho al grano”.

Por muy sumido que aquel pueblo parezca en sus chungas, sus polémicas, sus juegos y cantarolas, es evidente que espera a alguien con ansiosa expectativa. Las miradas a cada instante convergen hacia la puerta y cuando uno exclama: ¡ahí está el General!, se produce una suspensión colectiva que corta los ¡vale cuatro!, pronto a estallar, contiene los caballos desaforados por dar un jaque–mate, despreocupa súbitamente de los tapetes, los palos y las troneras; mientras los ojos unánimes, avivando la lumbre secuaz, giran en su busca.

El “General” entra distribuyendo sonrisas y saludos. Es un hombre alto de mentón, agudo, bigote espeso, mirada penetrante. Aun mismo esa mejilla, a la que una enfermedad cruel ha apergaminado y enrojecido, no deslustra su prestancia varonil. Fue exaltado al generalato a raíz de la revolución de 1911, de la cual fue principal gestor y nervio. Vástago de una de las familias más linajudas del país, había representado en esa ocasión a la democracia demoledora de Bastillas.

Preparó sus tenientes, sargentos y soldados sin bullicio. Nada de tribunas dantonianas ni de artículos polémicos: acción personal pura, desarrollada constantemente ; siembra de persuasión dejada caer en la calle, en las esquinas, en las plazas, en el tranvía, en cuanta oportunidad se presentase. Cierto que la tierra estaba preparada para tales cultivos. La necesidad de modificar los rumbos y renovar los hombres se hacía sentir perentoriamente; pero él fue aquel que juntó las gotas dispersas e indolentes y las convirtió en caudal vitalizador. Tenía en la palabra y las maneras un arma formidable, porque todo lo que se retraía su lengua en público se soltaba en los “tête à tête” o en los corrillos, adquiriendo una elocuencia cálida, coloreada y convincente; aparte de revelar en seguida que se estaba en presencia de un gentil hombre, generosamente encendido por un ideal. Configuraba el tipo de caudillo, resuelto, fascinante, vivaracho, al que jamás se puede engañar del todo, en parte por su penetración intuitiva, y en parte porque el conocimiento de los hombres mantiene siempre en actitud de prudente desconfianza.

Claro que lo de aristocracia y democracia nunca fué tomado por él en serio, aunque lo aprovechara. Lo único que le importaba era la hegemonía de Nacional, en forma que si por la salud del club y su mayor lustre hubiese creído necesario el encumbramiento de un sátrapa, habría gastado en entronizarlo la misma energía que derrochó en destruir las camarillas.

Allá en el fondo del café, porque siempre le gusta estar donde menos se le vea, lo aguarda su Estado Mayor: Reyes Lerena, Moncaud, Los Restano, los Landoni, el “gordo” Aguirre, Pastor, los Deyá, Panario, Puppo y tantos otros. Acariciándose el mentón, el General calificaba los chismes y denuncias, discutía planes, amonestaba, ejercía de profeta, se aislaba, de repente, para celebrar conferencias misteriosas, se enteraba del resultado de las comisiones que ordenaba, diligencias a veces arriesgadas, que necesitaban verificarse en la misma “boca del lobo” y de las cuales solían volver los comitentes con alguna protuberancia más o algún diente menos.

Era la época brava del football en la que campeaba la viveza, poco amiga de morales estrictas, y se representaba la comedia del amateurismo. Los jugadores sabían que tenían en el General el más exigente de los jefes cuando se trataba de la pelea, pero también el más indulgente para las faltas comunes y el más acendrado tutelador para solucionarle alguna penuria económica o alguna indigencia indumentaria, y aun para satisfacerle algún capricho más o menos “mulero”. Los bolsillos quedaban convertidos en hilachas de tanto andarlos rascando; ora para rescatar las medallas de oro que un campeón en apuros había tenido que pignorar en el Monte de Piedad; ora para vestir decorosamente a algún desarrapado, crack en ciernes, que se acababa de descubrir en un campito; ora para comprar un carrito de verdulero a algún jugador repentinamente deseoso de traficar en ese ramo, o para un bautismo, o para un entierro.
Después llegaba con frecuencia el saberse que todo había sido marrullería para obtener recursos, que no existían tales difuntos y que en cuanto a los angelitos, los únicos verdaderos éramos los que habíamos entrado en las suscripciones; pero, aparte de que eso ya se daba por descontado, a nadie se le ocurría reprocharlo, salvo el caso de que en la cancha, donde se ven los gallos, no se respondiese a la confianza depositada, porque, entonces sí, llovían los epítetos.
Al fin y al cabo –como decía muy bien el General– nosotros no constituíamos una asociación para otorgar premios a la virtud.

La “gorda” se armaba cuando se planteaban estos socorros ante la Directiva, o cuando alguien mocionaba allí para que se ofrecieran premios en metálico con el objeto de estimular a los cuadros, porque, aunque no abundaban, nunca faltaban en su seno varones ejemplares, aferrados a las normas canónicas. Se dice que para vencer los escrúpulos es necesario dar con la cantidad; lo cierto es que lo que se precisa generalmente es dar con la fórmula. Las transacciones solían tener cierta comicidad farisea. Verbigracia: se repudiaba el dar dinero, pero se votaba, con la conformidad de todas las conciencias, una suma de pesos, que se estiraba o encogía, como acordeón, según la trascendencia de los partidos, para que los muchachos festejaran la victoria reunidos en ágape.
Lo mejor del caso resultaba que como siempre, aunque cada vez en menor número, teníamos algunos aficionados puros, éstos, por no chocar con los compañeros recibían su parte y eran los que pagaban las comidas, entregando el sobrante para aumentar el promedio de los que la figuraban de amateurs.

Una vez el General, para quien lo que interesaba, como he dicho, era mantener la moral del soldado y no la de beatos, formuló ante la Comisión –de la cual formaba parte– un proyecto de subsidio extraordinario para uno de los grandes centro halfs que hemos tenido. Era una suma fabulosa (¿qué diríamos hoy?) cincuenta pesos.
Estábamos diez en sesión. Naturalmente el grupo ortodoxo volvió a poner el grito en él cielo, desatándose contra la inmoralidad que semejante pedido representaba. Se hablaba de los principios, se parodiaba lo de “antes honra sin barcos que barcos sin honra” y, dejándose arrastrar por el arcángel indignado, se llegó hasta amenazar con la denuncia pública de tal hecho para higienización del medio y escarnio de los que contribuían a sus infecciones.

El General que por lo común, seguro de la mayoría, escuchaba las monsergas puritanas sin apearse de su sonrisita sardónica, esta vez se encrespó, manifestando que no necesitaba que nadie le pasara el peine de la moral, que le gustaría ser confesor de las catones para ver si en todo jugaban tan limpio como presumían, que bien fritos estaríamos si no tuviéramos más que tales frailes para oficiar misas, que era más fácil tocar el pandero que arremangarse para cumplir algo de provecho.

La tormenta iba adquiriendo un violento cariz personal, por lo que juzgué oportuno alzar el pararrayos de la exégesis filosófica. En realidad aquello no representaba un atentado a la moral, sino al código vigente, que iba quedando vetusto por fuerza no de la prostitución sino de una evolución fatal.
El ambiente había cambiado y era necesario amoldarse a él o perecer. Atravesábamos ese período de transición, de hipocresía forzosa, en que el profesionalismo no se puede imponer aun a carta abierta por muchas razones y el amateurismo no puede ya satisfacer los deseos de una afición cada vez más vasta y exigente, a la cual se le extraían domingo a domingo sumas cuantiosas. El football se había convertido en el deporte nacional. No existían nombres más pronunciados en todos los círculos que el de sus cracks y éstos, en su inmensa mayoría, no llegaban de las esferas señoriales, sino de las humildes donde el pan es difícil y duro. No era posible que las instituciones dejaran en harapos a los ídolos que las enriquecían, aunque tuviesen que socorrerlos a espaldas de los altares.

Por muy veraces y untuosas que fueran estas disgresiones, no consiguieron suavizar la asperidad. Entonces se me ocurrió pedir desde la Presidencia la opinión de uno de los dirigentes, prestigioso pichón de notario, recién ascendido a la Directiva, mozo de flema que parecía recortar pajaritos mientras arreciaba el borbollón. El interpelado se levantó, alzó elegantemente el índice y nos fue contando uno por uno. Luego buscó su cartera, sacó de ella cinco pesos, los depositó con cierta prosopopeya sobre la mesa, y manifestó: somos diez, señor Presidente; invito a mis distinguidos colegas a imitarme con lo cual el asunto que dará liquidado ipso facto y en la paz de Dios. Esto es lo que propongo.

En efecto así quedó arreglado aquella vez, y también una segunda y otra tercera. Pero el gotear se fue haciendo cada vez más fuerte y continuo, y, por desgracia, estábamos lejos de ser cresos los que ocupábamos cargos directivos. Una cosa es predicar el cumplimiento fiel de las pragmáticas, y otra que se mantengan a nuestra costa. Comenzaron a disimularse resquebrajamientos, más tarde boquetes y, al fin, las aguas rompieron la esclusa llevándose los últimos torquemadas.

Como buen hombre de acción el General era íntegramente positivista. Trabajaba por la Victoria y si ésta para entregarse exigía una misa, escuchaba dos. Del abolengo patricio le venía también el ser mano abierta. Estaba lejos de nadar en la holgura, por culpa de la índole generosa, no obstante lo cual siempre siguió dando más de lo que podía. Además poseía un olfato de ventor para husmear a los hombres. En seguida descubría lo que en realidad valían o buscaban. Desde el “indio” Castillo, hasta sus principales lugartenientes, ninguno le falló. Lo contrario también es cierto: el tiempo vino a confirmar los reparos y dudas que opuso a muchos llegados a nuestras filas sólo por ansias de relumbre.

Así como él sacrificaba todo a su “hobby” nacionalófilo, obligaba a sus soldados a hacer lo mismo.

–Bichito; mañana se va a ir en el birloche hasta el barrio Jacinto Vera a traerme un tal Ángel Gutiérrez, del que tengo óptimas referencias. A las once los espero en casa.

–Pero, General, usted cree que el molino me da el birloche para que ande buscando gente, por ahí; no, me lo da para que le venda harina.

–¿Quién va a saber en lo que anda? No me venga con esas vidalitas que yo soy payador viejo.

–Le juro que mañana no puedo, General. Tengo un montón de cosas
urgentes que cumplir.

–Más urgente que lo nuestro no puede ser.

–Lo que voy a sacar en limpio es que cualquier día me echen del empleo.

–¡Qué lo van a echar!.. a menos que sea zonzo.

No había modo de eludir el lazo. Podía jugarse diez a uno que al otro día, antes de las once, arrastrando a Gutiérrez; Bichito estaría golpeando la puerta de la casa del General.

Así tuvimos durante años un “General” y un “Soviet” a los que se podía recurrir en cualquier circunstancia, sabiéndose anticipadamente que no existía para ellos empresa imposible. Casi todos los golpes maestros de la época, en materia de estrategia parafutballística –no siempre muy encomiables, hay que decirlo– se fraguaron en la Comandancia Militar ubicada en el Café Londres, a veces en combinación con el núcleo de “La Barraca” (que también hacía de las suyas), a veces campeando sólo, y por lo general en el ayuno de la Directiva, la que recién se enteraba o aspaventaba enterarse de la verdad, después que las bombas estallaban.

PASCUAL SOMMA

Recuerdo que cierta vez, a pedido del propio General, se suspendió a Somma por tres partidos. Esto era a principio de semana. El sábado por la noche vino a verme el General.

–Dr. – me dijo, sin mucho preámbulo. – “El Rata” tiene que jugar mañana.

–Pero, si usted mismo lo hizo suspender.

–No lo niego. Pero eso fue el martes y mañana es domingo y jugamos contra Universal, que es muy capaz de ponernos las peras al cuarto.

–Podía haberlo pensado antes.

–¡Caray, doctor!: los hombres somos seres razonables, podemos cambiar de opinión. Vea, hoy vinieron a verme Foglino, Dacal y Porta. Los tres piensan que sin Somma la cosa va a ser peliagudísíma.

En ese momento suena el timbre de la calle y, un minuto después, me hacen pasar a la prócer trilogía nombrada. Era evidente que el General los había traído de reserva para que me pegaran el tiro de gracia, caso que hiciera falta.

–¡Qué casualidad!– simulando asombro, exclama el General – precisamente lo estaba informando al doctor sobre lo que me dijeron. ¿No es verdad que Somma nos hace falta como el pan, para mañana

–Sí – responden a una los tres – como el pan.

–Dudo que la Comisión se eche atrás – arguyo.

–Yo no lo dudo, tengo la certeza – manifiesta el General; –pero no deja de ser una estupidez. Hay gente que ha tomado el Club como si fuera monje obligado a sacudirse las propias nalgas con los cilicios para purificarse. Es una coquetería barata que da chapa de austeridad, y ¿a quién no le gusta empilcharse con ese poncho? Sólo que si se mira bien la chapa no dice: doctor en probidad, sino doctor en imbecilidad. Porque vamos a ver: usted está por entrar en batalla campal y tiene en arresto al mejor de los batallones por haberse propasado un poco en un candombe: ¿se va a privar de un plantel imprescindible por darle un gusto a la disciplina? ¡ Al diablo con ella! Ese es el caso del “Rata”.

–Bueno. ¿Y qué?

–Que tenemos que abrirle la puerta de la cárcel para que se escape.

–Usted sabe que yo no tengo la llave, sino la Directiva.

–A esa vamos a dejarla quieta. En cuanto a lo de la llave no se preocupe, porque nosotros tenemos limas y ganzúas.

–¿Qué están tramando?

–Nada. Pero supóngase que al wing que han nombrado le pasa un accidente y no puede llegar al campo. ¿Quién está libre de un secuestro en estos tiempos? Cualquiera puede haber salido a campaña y perder el ferrocarril. Imagínese que el juez está ya con el pito en la mano, el forward no aparece y vienen a decirle: aquí está Somma pidiendo por favor que lo dejen rehabilitarse. ¿Va a dejar que Nacional juegue con diez hombres y se exponga a perder el campeonato por puro romanticismo? No lo creo tan bobo.

–Sí, doctor – me suplican, realmente anhelosos, los tres cracks – hágalo por el Club y por nosotros.

–Está bien. Voy a entrar en la conspiración. Después se verá lo que pasa – respondo, decidido. – más allá de guillotinarme no ha de ir.

–Yo se lo adelanto –asegura el General–: se gana y después salimos todos bailando el cancán.

BUENOS AIRES ¡QUÉ LEJOS ESTÁS!

Han quedado para la historia muchas “fumadas” del General. En cierta ocasión una gran huelga naviera sorprendió en Buenos Aires a tres jugadores uruguayos: Héctor Scarone, Gradín y Pérez; el primero, columna fundamental de nuestra línea ofensiva, y los dos últimos, ases en pleno apogeo de la de Peñarol. Los tres formaban parte de una selección uruguaya enviada a disputar uno de los trofeos clásicos. Resuelto el compromiso habían decidido pasar unos días de verbena en la capital vecina. La incidencia cobraba extremo significado porque al domingo siguiente jugábamos un partido decisivo con Peñarol. En ese entonces el General estaba radicado en Buenos Aires, y a él y a Aníbal Rovegno le encomendamos la tarea de enviarnos a Héctor Scarone “aunque fuera por cable y so pena de rebajarle el grado”.

El delegado de Peñarol en Buenos Aires que había recibido el mismo encargue y era amigo del General, fue a verlo en seguida.

–Vea – le manifestó – el asunto nos interesa por igual a los dos.

–No – respondió aquél –, por igual no. Ustedes tienen dos fichas en el tapete y nosotros una. Las matemáticas son las matemáticas.

–Pero –eso no quita, creo yo, que nos comprometamos a trabajar juntos y a comunicarnos cualquier arbitrio factible que se logre.

–Claro que no. Vaya tranquilo.

El General y Rovegno removieron el cielo y la tierra, pero no pudieron conseguir ni una canoa. Ya habíamos enterrado las esperanzas cuando en la noche del sábado recibimos un telegrama tan lacónico como grato. Decía: cuenten con Rasquetita (Scarone). Efectivamente, al otro día de mañana, éste arribaba a Montevideo, en un piróscafo inglés.

–¿Y Pérez y Gradín? – le preguntamos.

–Bien, gracias. Allá quedaron – nos participó Rasquetita, ilustrando el informe con guiños mefistofélicos.

El General después aclaró su conducta ante el amigo: cuando se le presentó la oportunidad no le dió tiempo a nada. Fue algo repentino y casual. Scarone se había tenido, que embarcar hasta sin la valija. Además no admitían más que a uno y no iba a perder la ocasión. Del mal el menos (sobre todo, pensaría, cuando el menos nos es enteramente favorable). Vd. sabrá disculpar, querido compañero, etc., etc.

Entretanto nadie le sacaba el gozo de haber fumado en pito a los rivales. Y para completar la ventura, a la nochecita le llegaba la noticia de la victoria de Nacional con un par de goles metidos por Rasquetita.

EL SALVOCONDUCTO

Volvía a demostrar Nacional la superioridad de sus dirigentes, dignos herederos de aquellos que en la guerra de 1904, en víspera de disputarse una final con Peñarol, consiguieron un salvo–conducto especial para traer de Buenos Aires a los hermanos Céspedes, concesión que no se otorgaba ni aún para que los expatriados asistieran a las exequias de sus padres.

Como don Juan el balompié ha subido a todos los palacios y bajado a todas las cabañas, dejando regueros, apasionados. No hay sitio en donde no se encuentre un “hincha” dispuesto a cualquier cosa. Así sé ha convertido, el football en el más alto Jesús del Gran Poder. Es una verdadera fuerza mágica a cuyo conjuro no hay norma augusta que no se tuerza, ni valladar granítico, que no se reblandezca.

EL SECUESTRO DE UN JUEZ

Un sábado, a las doce de la noche, desde la misma alcaldía policial, un guardián, secuaz nacionalófilo, le avisa al General que estaba preso allí el “japonés” Varela. No es de imaginarse el efecto de la noticia. Varela, a quien también llamábamos “El Tanque” era una especie de semidiós, entronizado con razón, pues no ha existido hasta hoy back que lo superara en el fútbol americano. A la una ya estábamos en el despacho del Jefe de Policía. Era una noche invernal, de esas en que la neblina envuelve los arcos voltaicos como en papel celofán. Había en la delegación, profesionales de fama, comerciantes poderosos, curiales de prestigio, diputados.

–Lo que ustedes vienen a solicitarme – nos dijo el Jefe, un gran caballero, afecto al turf, pero que platónicamente sabíamos que cojeaba del mismo pie que nosotros, – es algo que está por encima de mis fuerzas. Por lo pronto se necesita una orden del juez.

–Eso es lo de menos – manifestó el General.

–No; es lo de más.

–Digo que es lo de menos porque al señor juez lo tenemos cerquita a nuestra disposición.

–¿Cómo?

–Sí, está aquí, en la puerta de la Jefatura, dentro de un auto.

–No puedo creerlo.

–Si nos da licencia se lo vamos a demostrar.

–Efectivamente, teníamos al juez dentro de un Ford, allí, al borde de la calzada. Era un hombre anciano ya, asmático, al que habíamos arrancado de entre las sábanas para mantenerlo más a mano, no sin la complicidad de sus hijas y su mujer, buenas camaradas de la santa causa. El Jefe no pudo ocultar su asombro.

–Supongo, señor Juez – indagó – que no lo traen bajo amenaza, que no se trata de un secuestro.

–Casi, casi –respondió aquél, encendiendo un cigarrillo–, lo cierto es que estos buenos señores me sacaron del lecho, y no sé si debo aquí denunciarlos por extorsión o avergonzarme por mi debilidad.

El caso fue que la “debilidad” de la magistratura contaminó al Jefe, y a las dos de la madrugada, con ellos al frente, íbamos a poner en libertad al “Tanque”, hecho inaudito, según guardianes envejecidos en el oficio, quienes juraban no haber visto jamás, después del toque de queda, abrirse las puertas de la Cárcel Central para dar salida a un preso.

Con varones vigorosos y resueltos como éste, cuya semblanza he querido animar apelando más a los hechos que a las palabras, ¿a quién podrá extrañar que Nacional haya llegado a la cumbre en que hoy se halla? Sólo debemos desear que nunca le falten brazos y espíritus como los que puso a su servicio el General, del que muy bien dijo a la hora de su muerte, acaecida en 1919, don José María Muñoz, otra de nuestras figuras preclaras: “con sus hechos, con sus acciones, con sus hazañas y sus sacrificios, tejeremos nosotros su historia, y ella será la que, repetida por los años de los años, hará mantener viva e incólume la grandeza de su nombre y el cariño inextinguible entre los que en el porvenir formen en la columna de Nacional”.

José María Delgado

Carnet Manuel Rovira Urioste

Manuel Rovira
Filial Nacional en Argentina
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